La vida sigue siendo. Cristina Pizzarro

Por Graciela Bucci (Septiembre 2018)

Imposible adentrarnos en el análisis del poemario sin detenernos antes en el título que nos remite a un transcurrir ilimitado del tiempo, al ayer, al hoy, al mañana.

Desde el paratexto, la ilustración, una bella lámina china, nos lleva a admirar la belleza de la flor, muy significativa para los orientales, esa que mañana se desvanecerá por su carácter perecedero, para permitirse el resurgimiento ante cada nuevo ciclo vital.

Hacemos foco en el rosa pálido del fondo; recordemos que según Juan Cirlot en su Diccionario de Símbolos, “el simbolismo cromático es de los más universalmente conocidos y conscientemente utilizados”. Según Beaumont en el simbolismo chino los colores tienen un significado y un propósito muy especiales.

El rosa es el tono de la carne, de la sensualidad, de los afectos, de la pureza, para los gnósticos es el color de la resurrección. En todo el mundo, a pesar de las distintas significaciones culturales, se lo remite al amor, la emoción, la felicidad, el romance. Y todos estos estados emotivos están presentes en la poesía de Cristina Pizarro que se mueve, sin solución de continuidad, en el campo de las emociones.

Las teorías existencialistas recorren los versos, Nietzsche, Martin Heidegger, Kierkegaard, la poeta se focaliza en la naturaleza de la existencia humana; en su poema La muerte no es el fin de todo p.15, trabaja el intertexto citando a Kierkegaard: “Morir la muerte es vivirla propiamente, y al vivirla en un solo instante, se la vive eternamente”.

En Yo, Sócrates (p.17) Pizarro descree del poder aniquilatorio de la cicuta y, entre prismas lumínicos, nos dice:

“[…] Porque en aquella travesía retorné al origen/separé las malezas, /encontré la brizna de oro/ Sentí en mi pecho el roce de una pluma irisada […]”.

La fugacidad de la vida es recurrente en el pensamiento lírico de la autora, así lo expresan esas flores etéreas y perecederas que ilustran la tapa con belleza purísima.

En Memento mori (p.21), frase que en latín significa “recuerda que morirás”, Pizarro se cuestiona:

“[…] qué fui antes de nacer/qué seré después de la muerte/acaso el deseo eterno del instante/ imaginando mi propia muerte/ acaso representarme no siendo […]”.

En este poemario, la autora nos invita a tomar su mano de poeta consolidada para iniciar un viaje de indagación en nuestra propia interioridad y así dejar entrar la luz salvífica. Hay un claro planteamiento ontológico que recorre los versos. El recurso expresivo, de la pregunta retórica, como vimos en el poema anterior, no le es ajeno a la autora.

En todo el corpus del libro vemos que hay una intensa búsqueda del sentido de la vida que se torna existencial y desafiante para quien pretenda la respuesta inmediata. Fluyen el estímulo intelectual y el placer estético desde una lírica que nos remite a una escritura madura, cuidada, de la que emerge una personalidad polifacética: sensitiva, indagadora,  proclive al silencio que redime pero también a las fronteras metafísicas de la mano de las preguntas últimas de la existencia.

La nostalgia por el ayer se desliza de la palabra que se pretende impávida y, desde una rigurosa introspección, logra el diálogo con el lector que da cuenta de una poética cuidadosamente perfilada.

Todo es radiante arquitectura del verbo; es un ver al mundo desde un espejuelo sin la coloratura del cristal y eso duele, y su dolor conmueve.

Nos dice en Como la Naturaleza (p.42)

“[…] ¿Qué sucede en este reino?/ ¿por qué hay seres que tironean y arrastran los contrarios? […]”

A la pregunta la envuelve un acabado juego metafórico que nos acerca, con sutileza, a la desazón, a una realidad cruel.

El amor, uno de los grandes temas que han inquietado a la humanidad, trasciende los versos de La lámpara(p.41), la poeta lo atesora, según su decir:

“[…] en el cofre de oro/he guardado un talismán […]”.

En el poema Imperio desolado (p.45), dedicado a Rubén Vela, persiste la retórica en una marcada indagación existencial. Nos dice con fuerza lírica y belleza impactante:

“[…] quién soy/ante este aullido/de un imperio en ruinas/vestigios, despojos cubiertos por el polvo.//Una paloma humillada entre las cenizas […]”.

Insiste en ese cuestionamiento en el que no cesa la búsqueda identitaria, cito de Me pregunto (p.46):

“¿Quién soy?/apenas una pregunta /que reclama el Ser.”

Y, como formando una perfecta urdimbre nos conduce en el siguiente poema Engarzada en mi cuerpo (p.47):

“Soy quien piensa, duda/afirma, niega/ imagina, siente […]”.

Estamos ante una suerte de aquelarre lírico en el que se exaltan temas de vital trascendencia: la muerte, el amor, la desazón, la evocación del ayer lejano, el juego onírico, la nostalgia, la duda con el áspide azuzando el miedo, la presencia de Eros y Tánatos, hermanados,  conviviendo en curiosa duplicidad armónica.

Oigo una voz (p.60):

“[…] La ira y el miedo/se fusionan/bucean en la inmensidad de Eros/se diluyen en la corriente acuática/ quedan sepultados en un cementerio marino/como el agua del origen que nos fecunda […]”

El talento poético y la originalidad nos conmueven ante esta pintura del pasado doliente; Espectro (p.49):

“[…] Recuerdas/ en el ayer…/la infancia era un preludio. /Entretejía con puntillas la tristeza inexorable […]”.

Cristina Pizarro ha descubierto esa forma propia, particular y única que se adhiere como una segunda piel a su sensibilidad y a la vez, al mundo que le interesa poetizar.

Transforma en poesía cada tema que aborda con toques penetrantes, insondables, nuevos, que nos permiten vislumbrar una realidad distinta.

El intelecto y la espiritualidad se dinamizan a partir de las distintas formas del amor que palpitan en los poemas en equilibrio oscilante.

Como despedida; estas palabras que la autora eligió como acápite para uno de sus poemas- Remolinos (p.71)- y que la definen por completo: Belleza poética, gran dimensión conceptual, claridad en la expresión verbal.

“Abrir los ojos cada mañana/y en ese despertar beberse la esperanza”.

 


 

Por Luis Raúl Calvo

Es para mí, una enorme alegría acompañar a Cristina Pizarro en la presentación de este libro, con el cual celebra sus primeros 25 años con la poesía, lo cual no es un dato menor, ya  que implica haber sido atravesada por un proceso histórico de un cuarto de siglo que incluye su historia personal cómo así también el contexto social en el cual transcurrieron estos tantos años.

Desde su concepción “La vida sigue siendo” denota una gran belleza estética, la tipografía, el laminado y luego, de su lectura, el contenido.

El título de la obra es sugerente, porque por un lado uno puede entender que dicho título puede tener valor por sí mismo: La vida sigue siendo y sigue siendo así linealmente, con toda la potencia que ella implica, pero también y por otro lado podemos imaginar que cuando escuchamos  La vida sigue siendo… (puntos suspensivos) esta vida puede ser bella, dolorosa, atomizada, sorprendente etc, etc, etc y uno la va completando con todas las significaciones posibles que arroja el tránsito por su propia vida y claro, también, desde su propia subjetividad.

Desde un lenguaje coloquial, intimista, Pizarro nos va entregando en cada texto, sus propias impresiones, certezas y no certezas en este paso suyo por el mundo. También sus angustias, que se corresponden desde su decir poético y nos remiten a Kierkegaard cuando este señala a la angustia, por un lado como una de las posibilidades para que la humanidad sea salvada y por otro como una posibilidad para el reconocimiento o la realización de nuestra propia identidad y libertad.

Los escritores solemos  desnudar  aquellas obsesiones que nos acompañan y que se ven reflejadas por su persistencia en nuestros textos. Son como puntos nodales y señales de nuestras preocupaciones y ocupaciones vitales. En Cristina, por ejemplo todo aquello ligado a la naturaleza, al fuego desde algún lugar parecieran desvelarla, lo vemos en más de un poema y pareciera ser si lo remitimos al significado bíblico como una ofrenda, como una purificación,  como una llave que lleva a la liberación del ser.

Dice la poeta: Como el fuego/el andariego sigue andando. /En el crepitar/las formas se desdibujan, /se van creando/nuevos trazos adherentes, /líneas curvas, /caminos sinuosos. /

Aquella montaña quieta/fue un albergue de esperanza. /La tierra extraña, /alejada del origen, se convirtió en un momento fugaz…para culminar con…El fuego es el andariego. /En ese tiempo orientado, / yo sigo andando.”

Al leer el libro, uno como lector no puede permanecer ajeno a los interrogantes, cavilaciones, respuestas, sonoridades que la poeta nos ofrece a lo largo de los 46 poemas que conforman esta estupenda obra, ya que estas y otras sensaciones, reflexiones y procesos de introspección, nos atañen a todos de una u otra forma, como parte integrante de una condición humana que en medio de las complejidades de la vida diaria busca un encuentro, a veces desesperado con su propio ser.

Cristina Pizarro se lo auto pregunta en “Imperio Desolado”: Quién soy/ante este aullido/de un imperio desolado en ruinas/vestigios despojos/cubiertos por el polvo/Una paloma humillada entre las cenizas/Un rumor una luz/adentro de una urna funeraria/una nube pavorosa/entre los picos de la montaña/un cuerpo seco/en la tempestad/una máscara/caída/

en la tierra silenciosa/.

Y lo termina reafirmando en “Me pregunto”: ¿Quién soy?/ Apenas una pregunta/ que reclama el Ser/.

Las grandes transformaciones que desde lo tecnológico se han producido en estas últimas dos décadas, paradójicamente no han contribuido a fortalecer los vínculos comunicantes ni a dar respuestas a las grandes problemáticas que desde lo social conmueven a un mundo cada vez más globalizado, promoviendo por el contrario seres humanos uniformados que avanzan detrás de mismos patrones, y modos de vida, anulando esa capacidad  de diferenciación tan necesarios para poder  discernir y contrastar, que siempre han enriquecido la relación con un otro.

Algo de esto parece decirnos en “Lo innombrable”:

En este hoy desesperante/época de tantas dudas/una razón inabordable/forjó una realidad vacía/una palabra/otra palabra/se sublevan/se precipitan/quieren entenderse/un sentido/una sensación/percepciones variables/sin referencias/una ambigua perversidad/Aparece el caos tantas veces anhelado.

También lo social se nos muestra en “La vida sigue siendo”, la poeta expresa su pesar y cierto pesimismo por las dificultades de encuentro entre los humanos. En “Como la naturaleza” nos dice: “… ¿Qué sucede en este reino?/ ¿Por qué hay seres que tironean y arrastran los contrarios?/ acaso haya un artificio que destila/ un veneno infame/ genera un cortocircuito/ y el cuerpo se quiebra…”

Que continúa en  “Des-Encuentro” ya como en una autorretrospectiva de su imagen internalizada del concepto patria:” La espera ardiente y la patria en tinieblas, /

Derruida. /Las mentiras, los rumores, el trabajo. /El poder, los discursos, la pobreza. /

El desencuentro/de la noche, /peligrosa inconsciencia. /Paraíso perdido de nuestras fantasías, /

vertiginoso afán de Pigmalión, /que busca la creación perfecta…”

 

Uno de los aspectos singulares del arte en general y de la poesía en particular es esa posibilidad que le otorga, al artista por lo menos, en ciertas ocasiones,   de poder elaborar a través de su obra sus propios conflictos o dudas existenciales, todos aquellos intríngulis a los que nos vemos sometidos al ser arrojados a este mundo. Pizarro lo expresa con gran profundidad en estos versos de “Engarzada a mi cuerpo”: “Soy/quien piensa duda/afirma niega/imagina siente/Soy/una distancia/entre el ahora/y mi ser anclado/en el lenguaje/Soy//mi cuerpo ajeno/y las intrusas voces de la sangre/Soy/mi cuerpo encadenado/a la herida del tiempo/un destino liberado/Soy/los ojos que miran/el s i l e n c i o”.

El tema de la vida y la muerte representan un punto sustancial en “La vida sigue siendo”. El temor a la muerte, a la finitud, al paso del tiempo se trasuntan en los versos de el “Espectro”: La muerte es un retorno/en este microcosmos de paredes nauseabundas//y cerrojos enmohecidos. /El agua esquiva envuelve los cuerpos desnudos mientras la queja permanece intacta/al compás de la música solitaria. /Surge el terror. La pesadilla ante el espejo/del instante repentino y la drástica señal. / ¿Quién soy?/ ¿Ya no soy?/Unos pedazos desencajados/van paso a paso/hacia el final inevitable…

Aquí también Pizarro puede elaborar estos dilemas existenciales a partir del deseo de trascendencia, de  inmortalidad  que nos entrega en los versos de “Vayamos a la fiesta”:” Ahora la tierra me ofrece sus frutos/saboreo sus señales de vida

las semillas de granada me coronan con su dulzura/los higos maduros me envuelven con su fragancia y en un arrebol/la ambrosía de tus labios/invade los huecos/penetra en los poros

se agita por las células. En el cuenco perfumado/vibran los sonidos/un rumor trepida/

y un susurro trémolo/alcanza el cenit/

Me regalas/jazmines blancos/sé que apenas/durarán un instante/las lilas alborozadas

entonan un canto de aleluyas. /

Estamos en la f i e s t a”.

 

Belleza, sensibilidad, profundidad, creatividad, son algunas de las virtudes que encuentro en  este nuevo libro de Cristina Pizarro, cuyo grado de candidez, encantamiento y asombro nos señalan que estamos en presencia de la poesía en estado puro, es decir, de la verdadera poesía.

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